Los fantasmas que fotografiamos

Sobre Anatomía de la imagen, de Olivia Vicente

Pere Parramon

Incluso es posible que algo así como un batir de alas de mariposa sea lo que da un sentido y un límite a cualquier intento de descripción de una imagen.

Georges Didi-Huberman, La imagen mariposa (2007)

No conozco a Olivia. Al menos, no personalmente. Sin embargo, leyendo Anatomía de la imagen, he tenido la sensación de acercarme a ella. No tanto por los apuntes autobiográficos que ofrece aquí y allá, administrados con la prudencia de la humildad —‍está a años luz de los exhibicionismos en primera persona a los que son tan dadas las páginas de estos tiempos‍‍‍‍—‍‍‍. Ni siquiera por el descubrimiento de afinidades insospechadas —yo también fui un adolescente grunge—. La proximidad se establece, sobre todo, a partir de su análisis de la historia de la fotografía, de su recorrido por determinadas prácticas del arte contemporáneo y de sus reflexiones sobre el lugar que ocupan las imágenes en nuestro aquí y ahora. Todo esto, que los discursos historiográficos y teóricos convencionales, todavía atravesados por inercias patriarcales y eurocentristas, acostumbran a administrar con frialdad emocional, Olivia lo convierte en experiencias tan profundamente humanas y cotidianas como rebuscarnos en una vieja lata llena de fotos familiares. Vivencias que interpelan desde la honestidad y demostrando que las nuevas posturas teóricas, sean feministas, postcoloniales o de otros signos, no solo son cuestión de fondo, sino también de forma.

El libro Anatomía de la imagen (editado por Tres Hermanas en 2025 y ya en su segunda edición) trata, precisamente, de la relación entre la forma y el contenido. La forma que siempre arrastra con ella un significado; el relato que no puede trasladarse sin una forma. De la forma de nuestras máscaras. Según explicaba Jesús Mosterín, la palabra latina persōna inicialmente designaba la máscara teatral y, por extensión, su papel asociado, por lo que se puede argumentar que «ser persona es llevar una máscara» y «ser persona libre y autónoma es decidir por uno mismo el tipo de máscara que quiere llevar, escribir uno mismo el papel que debe representar» (“Persona: una família de nocions interrelacionades”, en Els ideals de la Mediterrània dins la cultura europea, 1995). La autora, esa Olivia a la que me he referido con extraña familiaridad, es Olivia Vicente (nacida en Zamora y afincada en Toledo), persona cuyas máscaras hablan del poder de la palabra, la fascinación por los imaginarios y la voluntad de compartir: licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, profesora de secundaria, autora de artículos, poemas, relatos y novela, fotógrafa inconfesa y, junto a Gustavo Di Biase, codirectora y presentadora del programa cultural de radio Luna Roja.

Olivia Vicente, ©La-Wagemann

Vaya por delante que Anatomía de la imagen no es un libro sobre fotografía al uso. Detallada y cabal, al tiempo que sorprendente y personal, es una indagación sobre los modos en que las imágenes han acabado formando parte de aquello que creemos ser y tienen la capacidad de dar sentido (forma) al caos de la vida. Olivia Vicente transita la historia de la fotografía para hablar de la mirada, del cuerpo, del deseo, de la enfermedad, de la muerte y, en definitiva, de la esperanza: «Luz, enfoques, montajes, decisiones, revelados que se descartan, se almacenan y tiran para permitir que las tomas elegidas se salven por un tiempo de la destrucción», escribe. Un ensayo literario, como ha señalado Eloy Tizón, de «belleza y verdad». Una belleza y una verdad, me atrevo a añadir, que, como toda belleza y toda verdad, resultan tan iluminadoras como inmisericordes.

En las páginas de este libro, la historia del arte dialoga con un presente de selfies y scroll infinito. La autora, a través de los padres de la fotografía, de sus teóricos, de tantas fotógrafas —Claude Cahun, Diane Arbus, Cristina García Rodero, Gabriela Liffschitz, Zanele Muholi…‍‍—‍ y de tantas asociaciones inesperadas —‍la media de Sara Montiel y los desenfoques de Julia Margaret Cameron, por ejemplo‍—, nos propone dejar de contemplar las imágenes como algo exterior para comprender que también ellas nos constituyen. Para admitir que la percepción sobre los cuerpos que habitamos tiene mucho de constructo cultural. Para asumir que en las imágenes fotográficas confluyen lo bueno y lo malo: presión, maravilla, expectativa, celebración, prejuicio, influencia, aceptación, moda, política, censura, recuerdo, edadismo, reconocimiento, misoginia, deseo, clasismo, dignidad, violencia. En palabras de Olivia Vicente: «La fotografía posee tal fuerza evocadora que genera un tejido de referencias entre lo mostrado, lo sugerido y lo empoderado por la cultura dominante. […] Hoy más que nunca fagocitamos fotografías para construir nuestra imagen, nuestra identidad, siempre deudora de una tradición visual». De ahí que mirar atrás y a nuestro alrededor sea tan necesario para saber por dónde seguir mañana.

Siendo especial en su planteamiento, este volumen también se lee de forma particular. Román Gubern, en Del bisonte a la realidad virtual: La escena y el laberinto (1996), otro libro extraordinario para repensar los mecanismos de lo visual, recordaba que «la imagen tiene una función ostensiva y la palabra una función conceptualizadora». Por eso no es lo mismo el impacto sensitivo de una imagen que la abstracción y el desarrollo temporal inherente a una narración. No obstante, en Anatomía de la imagen se da tal comprensión poética que casi se lee como se mira. Hay algo en su forma que tiene que ver con el ritual de ir pasando las páginas de un álbum antiguo o desplazándose por las carpetas de imágenes a través de una pantalla. Qué oportunidad tan hermosa, encontrar un ensayo que, distanciándose de la impermeabilidad de algunos egos académicos, nos regala maneras de mirar y de pensar complementarias para que seamos las lectoras y los lectores los que decidamos por nosotros mismos.

Sutil a la hora de aludir y firme con sus convicciones, Olivia Vicente nos brinda un ensayo deslumbrante y, a la vez, perturbador en su capacidad para tocar lo íntimo. Porque, por encima de todo, este es un libro sobre lo que las imágenes hacen con nosotros, sobre lo que nos hacemos con las imágenes, sobre cómo nos hacemos con las imágenes. En buena medida, la síntesis que atraviesa Anatomía de la imagen se concentra en estas palabras de la propia autora: «¿Cuánto de nosotros reside en nuestra imagen, en la imagen que proyectamos a los demás?». Interrogarnos sobre la forma en que nos vemos y sobre cómo queremos ser vistos es enfrentarnos a nuestro reflejo en el espejo. A esa imagen especular que el arte ha asumido en toda su complejidad, tal como ponía de manifiesto Rafael Argullol: «Conocerse y reflejarse son dos caras de la misma aventura. O, al menos, de la misma ilusión» (“Autorretrato: «Refléjate a ti mismo»”, en Maldita perfección, 2013). Un reflejo, por otro lado, que se nos revela sin ambages como lo que es: un fantasma.

Los fantasmas son construcciones y son vestigios. Construcciones individuales y sociales —‍en la novela de la propia Olivia Vicente Donde ya no hay adiós (2020), la protagonista, volando hacia Argentina en busca de una memoria que le ayude a reencontrarse consigo misma, se da cuenta del abismo: «¿Y si yo no fuera más que un fantasma?»‍—‍ y vestigios que explican sueños de permanencia —‍en la película El espinazo del diablo (dir. Guillermo del Toro, 2001) se nos dice que un fantasma es «un sentimiento suspendido en el tiempo como un insecto en ámbar». Olivia Vicente, rigurosa y certera como el bisturí, respetuosa y generosa como el bálsamo, en Anatomía de la imagen convoca los fantasmas. Cuerpos etéreos que, cubiertos por sábanas intercambiables, arropados en la fortaleza de la inconsistencia, nos advierten que el verdadero misterio no consiste en saber cuánto de nosotros hay en una fotografía, sino en reconocer cuánto de la fotografía palpita ya en nosotros.

Y, pensándolo bien, quizá sí que conozco a Olivia. Un poquito siquiera.

Pere Parramon

Girona, 13 de agosto de 2026