La pintura como protagonista

 

Vista de la exposición. Foto: Museo Reina Sofía

Distancia sin medida, la primera retrospectiva de Manolo Quejido (Sevilla 1946) desde la exposición itinerante Pintura en acción, presentada entre 2006 y 2008 en varios países de América Latina, llena el Palacio de Velázquez con cinco décadas de rigurosa, alegre y reflexiva investigación en pintura.

Quejido formó parte del movimiento de la nueva figuración madrileña que surgió en los años 70, junto a figuras como Guillermo Pérez Villalba y Luis Gordillo, como alternativa al arte abstracto que hasta entonces había dominado el arte español contemporáneo. Aunque ha expuesto en el extranjero, en lugares tan diversos como Japón, Brasil o los Balcanes, su larga trayectoria se ha centrado principalmente en la Península Ibérica. Los cuadros de Quejido son testigos de los grandes cambios en España: el fin del franquismo, la llegada de la libertad y los excesos de la movida madrileña, el consumismo de los años 80, las guerras de Irak y las otras injusticias globales de los años 90 y 2000. Pero hacen mucho más que esto: reflexionan sobre el lugar del artista y de la pintura, como forma de pensar y dar sentido al mundo.

Comisariada por Beatriz Velázquez, del Museo Reina Sofía, esta amplia muestra no presenta un recorrido cronológico para entender la obra del pintor andaluz, sino que agrupa las obras en puntos de investigación e interés que han marcado su carrera. A medida que recorremos las salas del palacio, nos vemos arrastrados hacia delante y hacia atrás en el tiempo, y nos encontramos con motivos recurrentes, a pesar de la experimentación y los cambios de estilo.

Ya en la entrada de la exposición se nos presentan tres series de obras, cada una de una década diferente. Los borrosos Espejos de los años 80, a la izquierda -no son sólo reflejos literales sino también reflejos en el pensamiento sobre la superficie y el espacio-; a la derecha, las perspectivas geométricas de Moebius Q-vista de los años 2000, con referencias enigmáticas a grandes pintores, y enfrente, las composiciones casi abstractas, si no fuera por los caballetes esbozados, de los Tabiques de los años 90.

Espejo 8, 1984. Foto: Museo Reina Sofía

La obra de Quejido no tiene reparos en exigir a su público un cierto nivel de pensamiento crítico y conocimiento de la historia del arte. Las tres obras de 2005:  Ejército, Corona y Banca son un giro a tres cuadros de Velázquez. A primera vista parecen abstracciones geométricas, hasta que nos damos cuenta de la aparición de pares de manchas que la mente humana instintivamente interpreta como ojos, y entendemos las formas irregulares como figuras. A partir de ahí, solo media un paso para reconocer la composición familiar de Las meninas, en un azul premeditadamente monárquico. El rojo vivo representa a La Fragua de Vulcano, mientras que el amarillo recuerda el hilo de oro de Las hilanderas. El hecho de que la comisaria se haya resistido a dar explicaciones didácticas obliga al visitante a prestar más atención a los títulos y fechas de las obras, que junto a los colores y las formas ayudan a descifrar su significado. (Curiosamente, un título tan llamativo como VerazQes está ausente de las cartelas de las pinturas).

Ejercito, Corona y Banca, 2005. Foto: Sarah Crozier

El juego de palabras es un rasgo recurrente en la obra de Quejido, como la similitud visual de las palabras PINTAR y PENSAR, la comprensión de que pensamiento y pintura están inextricablemente conectados –sin distancia. Hay humor en la serie de dibujos en tinta roja de objetos cotidianos, Sangre, como la imagen del librillo de papel de fumar de la marca JEAN, en el que se refleja el nombre de la ciudad de JAEN, un juego visual que le da su toque andaluz. En ocasiones, al juego de palabras le falta sutileza, como en el caso del uso de los signos del dólar y el euro en Leaves Left, para formar la palabra C€NIZA$, que sugiere la complicidad estadounidense y europea en la guerra de Gaza.

Por mucho que estemos de acuerdo con el sentimiento, sus obras más políticas resultan a veces demasiado obvias: las imágenes pintadas de periódicos sensacionalistas, un Bill Clinton caricaturesco, la crítica a la riqueza y al poder de los Estados Unidos. Estas obras que tienen un lenguaje de protesta política contrastan con sus obras de la movida, donde hace comentarios más matizados sobre los cambios políticos y sociales, como ejemplifica el díptico de 1977 Sin palabras. La división de la noche y el día (literalmente separados en dos paneles) apunta a una nueva era, mientras que las exuberantes figuras compuestas de objetos irreverentes, que estarían tan a gusto en una película de Almodóvar, transmiten la vertiginosa sensación de liberación. Sin embargo, la figura que orina tranquilamente en una grieta de la pared insinúa cierta suciedad e inquietud social a pesar del nuevo amanecer.

Sin palabras, 1977. Foto: Museo Reina Sofía

Donde Quejido sobresale verdaderamente es en su interés por la propia pintura, como en los homenajes magistrales a Matisse o en los experimentos de composición. Se trata de un pintor profundamente interesado por el acto de pintar, hasta el punto de que vemos figuras que se pintan a sí mismas, dentro de los cuadros: una propuesta sobre la pintura como sujeto y objeto a la vez. La serie de flores Pensamientos negros, en un aparente guiño a Warhol, parece presentar las aportaciones de pintores específicos a lo largo de la historia, reclamando con picardía un lugar para sí mismo al final. Sin embargo, no son imitaciones totales de sus estilos, sino más bien aproximaciones unificadas por su propia mano. La serie 30 bombillas, dos décadas posterior, es más juguetona: son bombillas idénticas, estilo Keith Haring, con nombres de pintores, y que sólo se diferencian por el color. La serie parece agruparse en períodos, identificados por distintos colores, llegando al período contemporáneo con una mezcla de todos los colores anteriores. ¿Quizás una sugerencia de la confluencia final de influencias?

Las explicaciones son deliberadamente escasas, dejando que las obras hablen por sí mismas. En la mayoría de los casos, esto permite al espectador establecer sus propias conexiones, pero en otras ocasiones la falta de contexto deja al espectador con lagunas importantes. Por ejemplo, los patrones en blanco y negro de sus Secuencias y Siluetas, en los que podemos discernir al artista desarrollando su propio lenguaje y símbolos sintácticos, fueron el resultado de una de las varias colaboraciones significativas entre artistas y el Centro de Cálculo de Madrid (CCUM) en la década de 1970.

Sin embargo, hay un cierto alivio al poder disfrutar de las casi cien obras, sin una excesiva mediación que cree distancia entre el espectador y la obra de arte. Las distancias en el espacio y en el tiempo se reducen, gracias a la configuración del espacio expositivo que permite establecer conexiones visuales entre las salas contiguas, mientras se avanza por la muestra. El resultado es una espectacular defensa de la pintura, de un pintor español que merece ser más conocido más allá de las fronteras de su país.

Sarah Crozier


Manolo Quejido
Distancia sin medida
21 octubre 2022 – 16 mayo 2023, Palacio de Velázquez, Parque del Retiro, Madrid
Comisariada por Beatriz Velázquez