Hilario Álvarez: el arte de pasear

Hilario Álvarez es artista de acción, en activo desde 1993; gestor cultural desde 1997; miembro fundador de la Asociación Cultural Oficina de Ideas Libres, desde 1993. Por lo demás, como él mismo dice “detesto escribir currículos; así que demos lo conocido por pasado”.

Conocí a Hilario Álvarez en Alcudia, en el Festival “Por amor al arte”, un festival de arte de acción organizado por él en 2002, en aquel pueblo mallorquín, al que tuvo la amabilidad de invitarme a participar como testigo. Era un encuentro de poesía, en el que pude conocer también a personajes extraños y fascinantes, como el poeta Rodolfo Franco, una especie de contorsionista del lenguaje, obsesionado con la composición de palíndromos, o como el músico conceptual llamado Dick el Demasiado, un holandés residente en Calanda, del que puede escuchar un concierto transatlántico, entre Mallorca y Buenos Aires, interpretado por él mismo y por unas ménades porteñas, al otro lado del océano. Después de aquella interesante experiencia he podido seguir a Hilario Álvarez en su obstinación por la generación de espacios y posibilidades para que el arte se produzca, tanto a través de los numerosos encuentros de arte de acción, organizados por él y por Nieves Correa en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, como a través de esas Revistas Caminadas, en alguna de las cuales he tenido también la ocasión de participar.

Dedicado desde 1993 a la performance y a la poesía visual, considero a Hilario Álvarez como uno de los más importantes activistas españoles del arte contemporáneo, entregado a hacer posible que el arte y la experiencia poética aparezcan, sin preocuparse mucho por el valor comercial de su trabajo, ni interesarse tampoco por exposiciones en galerías y museos. “Creo firmemente —declaraba en una página polaca, dedicada al arte de acción— que el arte está hecho por el otro. Por eso toda mi obra consiste en producir las circunstancias para que el arte ocurra, y en producir experiencias poéticas y momentos de intensidad vital”[1].

Pero, si como artista ha puesto todo su empeño y su interés en propiciar la aparición de espacios y ocasiones para el arte, también tiene Hilario Álvarez su propia producción poética, a la que me gustaría referirme brevemente. Una parte de su obra tiene que ver con la experiencia del caminar o del pasear como obra de arte. Ello es ya evidente en las Revistas Caminadas que organiza, paseos por la ciudad acompañado de amigos, en los que cada uno de los paseantes-participantes ejecuta una acción o lee un texto, a modo de colaboración en una revista cultural cualquiera. Acción que luego se fotografía y se documenta. Pero como artista individual también organiza sus propios paseos. Una de las piezas más recientes que remitió a sus amigos era precisamente un paseo por Madrid. Trazando dos líneas sobre el mapa, recorrió la ciudad de punta a punta, caminando de norte a sur y de este a oeste.

Es cierto que recorrer la ciudad no parece suponer en sí misma una experiencia poética. Por más que Baudelaire se encargase de ensalzar la flânerie, como un paseo sin objeto, oculto entre la multitud; los paseos de Hilario Álvarez sin embargo establecen a priori un objetivo claro: recorrer toda la ciudad de un extremo al otro. Tampoco la multitud parece ser precisamente ni su medio ni su objeto de contemplación. Por el contario, sus paseos por Madrid nos sorprenden porque lo que él contempla y recorre ni siquiera parece una ciudad. Empieza en el campo, en el límite norte de la ciudad, contemplando a lo lejos la sierra del Guadarrama, y continúa caminando por una selva prodigiosa de ríos y afluentes que, a pesar de Ferlosio, ni sospechábamos que se encontrase tan cerca y tan dentro de la propia ciudad: el Guadalix, el Jarama, el Henares y, finalmente, el Manzanares. ¿Se trata entonces de un paseo por el campo, dentro de la propia ciudad? No lo sé. Lo cierto es que el paseante documenta su paseo con un vídeo, que el lector interesado podrá ver en esta dirección. Allí se recorren en primer lugar los ríos, como una especie de historia geográfica de la ciudad; como un recordatorio de que, al fin y al cabo la ciudad —toda ciudad, por grande que sea— se encuentra asentada en medio del campo. Pero en realidad se recorre la ciudad de norte a sur y de este a oeste, con todas sus patologías y todas sus contradicciones. El recorrido junto al Jarama, por más bucólico que parezca, no ignora que se pasea también junto al aeropuerto. No olvida en ningún caso que se transita junto a las grandes autovías de circunvalación ni evita tampoco las estructuras ferroviarias. La ciudad aparece documentada también en sus paneles del tráfico rodado, aunque no es esto lo que más le atrae y le interesa al paseante. La mirada del artista se complace por el contrario tanto en los nombres y en las placas que designan las direcciones y los lugares, como en aquellas cosas que resultan ajenas, sorprendentes o extrañas al urbanita: tales como los nidos de cigüeña en lo alto de las torres de repetición telefónica, o como las confluencias de los ríos.

El paseo no es sin embargo un trayecto geográfico. Se trata más bien de un recorrido poético, en el que el paseante se deleita en mirar de otra manera las mismas cosas que uno ve todos los días. No se trata aquí de psicogeografía, como la propuesta por los situacionistas, porque tampoco parece estar el paseante muy interesado en describir o en mostrar sus sentimientos o emociones al respecto. Además, la experiencia tampoco es azarosa, sino rigurosamente planificada.

Planificada, como en su libro dedicado a la Calle de Alcalá, publicado en 2012. Allí se relata un recorrido completo de la calle de Alcalá de Madrid, una calle que comienza en el centro de la ciudad y que termina en el límite municipal de la misma, y que el poeta recorre, como un viaje sentimental hacia la periferia, fotografiando todos y cada uno de sus portales. Uno por uno, hasta el punto de que necesita documentar su paseo en dos volúmenes (Calle de Alcalá 2).

¿Cómo debemos entender este libro? Se trata de recorrer por completo uno de los radios de la ciudad, desde el centro hasta la periferia. Se trata igualmente de documentar todos y cada uno de sus portales y sus números, desde el uno hasta el setecientos. ¿Por qué y para qué hace esto el artista? ¿Se trata tan sólo de un paseo? Ciertamente no, pues el recorrido completo de la calle, con sus algo más de diez kilómetros de longitud, le llevó casi diez meses de trabajo. A kilómetro por mes, fotografiando todos y cada uno de los portales que se encuentran a un lado y a otro de la calle.

¿Para qué se hace esto? Se trata desde luego de una acción artística, cuyo sentido procede de la propia acción. Sin duda aquí el paseo ya no es una experiencia bucólica ni grata. Por el contrario, el propósito inicial se convierte más bien en una pesadilla, en un compromiso absurdo que uno ha contraído consigo mismo y que también de modo absurdo se convierte en una obligación que nos ata, a lo largo de casi todo un año a volver a recorrer una y otra vez la misma calle, sin saber por qué, fotografiando y documentando todos y cada uno de sus portales. Y tal vez aquí lo absurdo de la empresa sea lo que le otorga verdaderamente su sentido. Pues en primer lugar se trata de una acción premeditada puramente libre y que libremente se da sus propias reglas. Es posible que esta sea la primera grandeza del arte: establecer libremente una acción soberana, a la que no estamos en modo alguno obligados. Ese ejercicio soberano de la libertad se nos da al parecer en muy pocos espacios: en el arte, en la poesía y en el juego. Se trata por tanto tal vez tan sólo de un juego. Pero un juego que nos exige estar casi un año a su servicio es, desde luego, algo más que un juego. Se trata además de la experiencia placentera de otorgar sentido a algo que en sí mismo no lo tiene: realizar una acción, ejecutar un plan, alcanzar un objetivo. El propio artista no dice nada más en su texto introductorio. No dice nada del placer de pasear ni de lo lúdico de su objetivo. Al parecer la acción es el recorrido completo de la calle y las fotografías no son más que la documentación de la misma. Sin embargo, a la hora de la verdad, la documentación se convierte en el método mismo en que la acción se hace posible y transforma la experiencia placentera del pasear en un trabajo riguroso y sistemático, al que el artista se ve obligado a consagrar diez meses de su vida. El paseo deja de ser un juego y se convierte en una tarea: la acción se convierte en obra de arte.

¿Es entonces la documentación lo que convierte la acción en obra de arte? Sin lugar a dudas no. Pero es evidente que el mero hecho de recorrer los diez kilómetros de la calle de Alcalá de punta a cabo no suscita en nosotros tanto interés ni tanta admiración, como el hecho mismo de fotografiar todos y cada uno de sus portales, uno por uno.

¿Qué es una obra de arte? ¿Puede un simple paseo convertirse en obra de arte? Desde luego aquí hay algunas cosas más que un simple paseo. Se trata al final de un libro, un libro de fotografías, no especialmente bellas, que documenta todos y cada uno de los portales de la calle Alcalá de Madrid. ¿Documenta el libro el paseo? Sin duda no, pues al final el paseo no es un paseo real. Ni siquiera sabemos si el artista realizó nunca el recorrido completo de la calle, de un extremo a otro, o si, lo que es más probable, cuando terminaba un tramo, se iba a su casa en metro o en autobús, para volver allí al día siguiente y seguir su recorrido. ¿Cuál es entonces aquí la obra de arte? ¿Un libro documental de los portales de la calle de Alcalá? ¿Y quién podría tener interés en un libro semejante? Ni siquiera los carteros. De hecho el artista no lo vende. Lo cuelga por el contrario en una página web públicamente accesible y libre de derechos, donde todo el que quiera puede contemplarlo y descargarlo. Y sin embargo la acción ejerce sobre nosotros una seducción inquietante. Tal vez la seducción de que, como a la vida misma que carece de sentido, también es posible asignarle un sentido a una tarea absurda. ¿Qué es lo que le da entonces sentido? No sólo el recorrido, sino también la completud.

Se trata sin duda de una experiencia de poesía visual, en la que el paseante se dispone a leer la ciudad como si se tratara de un libro. Y por eso lo que nos proporciona al final es propiamente un libro. Un libro de fotografías que no dudamos en reconocer también como un libro de poemas. Pero de un libro escrito con método, con orden, con rigor: desde la primera página hasta la última.

Un libro escrito línea a línea: una ciudad recorrida línea a línea es exactamente lo que el poeta hace en su libro Madrid línea a línea. Pero aquí ya no hay propiamente paseos caminados. Por el contrario, Madrid línea a línea es a su vez un libro de poemas o tal vez un libro documento, en el que se documenta la extraordinaria hazaña de recorrer Madrid de punta a punta, pero esta vez en todas y cada una de sus líneas de autobús: desde la uno, hasta la doscientos quince. Y, aunque al parecer no hay tantos recorridos como líneas numeradas —pues hay numeraciones que se saltan o que, por lo que sea, han sido suprimidas—, se trata en cualquier caso de unos doscientos recorridos de autobús, con sus correspondientes fotos del autobús y de las paradas inicial y final, como testimonio del recorrido.

Si uno lee el libro de Hilario Álvarez, titulado Madrid línea a línea, no se encontrará ninguna reflexión poética al uso. Por el contrario, lo que se constata es el hecho mismo del viaje. La hazaña absurda de haber recorrido Madrid de punta a punta en sus casi doscientas líneas de autobús. Es cierto que el poeta no deja de introducir algunos comentarios en su glosa, acerca por ejemplo del cambio de los colores de los autobuses, del rojo al azul, o acerca de los nombres religiosos de las plazas y calles de Madrid. Se advierte claramente que la reiterada toponimia religiosa o militar de numerosas calles y barrios madrileños le molesta. Pero sus comentarios carecen de la tensión emocional característica de la lírica, y tampoco pretenden revestir dimensiones épicas. En la ruta del 310, el poeta comenta: “El termómetro a la sombra marca 39º. Se agradece el aire acondicionado del autobús”. En la ruta 14 observa con estupor el hecho de que no exista línea 13. ¿Se trata, se pregunta, de una superstición? Cuando toma el 27 no deja de reseñar que se trata de autobuses de doble cuerpo que recorren la ciudad de norte a sur. Pero en general las únicas apreciaciones estéticas son acerca de las propias fotografías publicadas y de los fascinantes reflejos que se producen sobre los enormes parabrisas de los autobuses. En ello denota el artista su fascinación por las imágenes reflejadas. Fascinación a la que también ha dedicado algunos reportajes. Muy rara vez el libro nos ofrece informaciones acerca de algo que sucedió en el viaje, como que el trayecto coincidió con una manifestación o algo así. Pero las observaciones circunstanciales de tiempo —a veces acerca del tiempo meteorológico— suelen con frecuencia estar desplazadas por las de lugar, por las observaciones toponímicas y por las reflexiones acerca del cambio, la transformación o el crecimiento de la ciudad. A menudo nos ofrece el detalle minucioso del punto concreto de salida del autobús, que no suele coincidir con la denominación genérica de la plaza de partida, como si su libro sirviese realmente de guía de viajeros o como si pretendiese que algún otro loco tratase de emular su misma hazaña. Ojo, nos dice, que aunque pone Plaza del Callao, el autobús no sale realmente de la plaza del Callao, sino de una calle adyacente; olvidando que se trata de un libro de poemas que nadie va a consultar para coger realmente el autobús. En un solo caso el paseante confiesa haber tenido que hacer la misma línea en dos ocasiones: en la 142. Y ello debido al parecer a que la fotografía de la marquesina de la parada final no salió bien. Lo que demuestra que, a la hora de la verdad, lo más decisivo es el documento que testifica la acción. Tan sólo en un caso no se pudo fotografiar la última parada: la breve ruta del 80.

En la introducción a su libro, nos dice el poeta que considera la acción Madrid línea a línea “una acción conceptual en el sentido en que el concepto (viajar de principio a fin en todas la líneas regulares diurnas de autobuses de la Empresa Municipal de Transportes de la ciudad de Madrid), su definición y su realización son exactamente lo mismo. Por eso, para mí —concluye—, la sola comunicación de lo hecho cerraba el círculo y con ello la acción no necesitaba nada más”.

Ello parece querer decir que a él como poeta le bastaba con proponerse la acción, ejecutarla y comunicárselo posteriormente a alguien. Pero es evidente que cada cosa requiere de su arte, y que no es lo mismo proponerse una acción, que ejecutarla, documentar lo hecho y, luego, hacérselo sabe a otros de algún modo.

En la tradición conceptual es frecuente la afirmación, sostenida tanto por Sol LeWitt como por Nacho Criado, de que la obra es el concepto y que la obra ya está realizada plenamente en la cabeza del que la piensa. Esto es —como también pretende Hilario Álvarez—, que el concepto, la definición y la realización de la obra son exactamente lo mismo. Pero qué duda cabe de que no es lo mismo una ocurrencia, que se queda en una mera idea ingeniosa, que su realización. Y que tampoco es lo mismo la ejecución de una acción que su testimonio y su documentación. Sin duda la obra poética de Hilario Álvarez nunca habría sido la misma si no se hubiese tomado para nosotros la molestia de documentarla. Con ello a veces el documento termina imponiendo sus condiciones a la realización de la obra y convirtiéndose incluso al final en la verdadera obra: un libro de poemas.

“Cuando dije que había comenzado a hacer estos recorridos a pie —escribe el artista en su blog—, un malintencionado ignorante comentó: ¡Qué cruz!”. Pero el comentario sin embargo era justo y certero en toda su extensión. Certero porque lo que traza el artista ciertamente es una cruz y justo porque lo que asume con su poesía es también una cruz, un sacrificio y una ofrenda que de modo sorprendente otorga sentido.


[1] «I firmly believe that art is made by “the other”. Then, all my work is about producing the circumstances for art to happen and produce poetic experiences and intensified life’s moments». “Hilario Álvarez Díaz, Béjar, Salamanca, Spain”, en International Art Festival, Interakcje, disponible en la red en http://interakcje.org/en/artyci/hilario-alvarez-diaz-bejar-salamanca-hiszpania/ [consultado el 20/07/2014]

Miguel Cereceda es profesor de Estética y teoría de las artes en la Universidad Autónoma de Madrid, crítico de arte y comisario independiente de exposiciones. Ha publicado El lenguaje y el deseo, El origen de la mujer sujeto y Problemas del arte contemporáne@. Ha sido profesor invitado en la Universidad de Potsdam (Berlín).