Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi | Revista Artes y Cosas

“Un día en mi vida es siempre una cosa muy hermosa”
(Julio Cortázar)

 

Porque yo me siento muy feliz de estar vivo. No tengo ninguna intención de morir, tengo la impresión de que soy inmortal. Sé que no lo soy, pero la idea de la muerte no me molesta y tampoco le tengo miedo. Le niego existencia, entonces, eso me ayuda a vivir de una manera… ¿cómo decirlo? Bajo el sol, solar.
(Julio Cortázar, Caracas, septiembre 1979)

 

Y no vivió mal este poeta sus 69 años y medio de vida cuando lo dice cinco años antes de su desaparición. Nace en 1914 y muere en el 84. El presente año se cumple su centenario y su trigésimo aniversario. Sin pretenderlo, la figura de este escritor sorprendía: su altura; su barba negra y los bigotes amarilleados que le caracterizaban; su gravedad y, al mismo tiempo, su seducción y su gancho. Y su poesía a la que se la ha relacionado con el surrealismo, y también con el realismo mágico.

Se fue en un febrero gris del 84 en París en donde había fijado su residencia, a sus 37 años, como también lo había hecho anteriormente en Italia, España y Suiza. La vida de este argentino no dejó de ser literariamente un exilio -un extrañamiento- de sí mismo, por lo que hubo de inventar comarcas fantásticas, fantásticas maneras de expresar las palabras y la vida misma. El escritor, como él mismo expresa, “franqueaba o se estrellaba en el itinerario misterioso de las palabras”.

Estuvo casado con la escritora y traductora argentina Aurora Bernárdez durante catorce años (1953-1967). Fue su esposa por antonomasia, su eterna amiga con la que se estableció una especie de matrimonio literario prodigioso y extraordinario: grandes conversadores, brillantes, lúcidos, cultivados, sumamente agradables, dinámicos y vivaces, al decir de Mario Vargas Llosa. La pareja ideal para un hombre apesadumbrado y lúdico, la pareja cómplice que para los demás causaba fascinación. Era su alma gemela. Un matrimonio responsable y obligado con las letras, y ambos desinteresados con los demás:

“Creo que quedará [su legado] en el repertorio de esos escritores definitivamente ausentes que siempre estarán presentes” (Aurora Bernárdez).

Sin embargo, Aurora y Julio se separan, siguiendo como ‘amigos de por vida’ -según Tobin Dalrymple, realizador canadiense de “Julio & Carol. Los exploradores de la cosmopista”- hasta el final del escritor. Aurora había vuelto de Cuba harta y decepcionada a los cuatro años de la Revolución. Por otra parte, aparece en la vida de Julio la que iba a ser su compañera sentimental, Ugné Karvelis, una escritora lituana que iba a ser su mentora política. Su relación dura seis años. De carácter áspero y firme,

“Es evidente que a pesar de mis esfuerzos por mantener una relación amistosa que podría ser excelente, sus reacciones y su manera de ser vuelven la cosa imposible” (J. Cortázar).

La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, ex amante y amiga del escritor argentino subraya que la literatura de Julio Cortázar nace de la honestidad y la ética, atestiguando la coherencia del escritor: “Cortázar es como escribe”. Le conoció en 1972 y a ella se dedican los quince poemas que el argentino escribió en ‘Salvo el crepúsculo’. Fue un amor sin medida, si no fuera porque distó de ser concernido, debido a la distinta elección sexual de Cristina. La amistad y la cooperación entre ambos llegaron hasta el final:

Ya mucho más allá del mezzo
camin di nostra vita
existe un territorio del amor
un laberinto más mental que mítico
donde es posible ser
lentamente dichoso
sin el hilo de Ariadna delirante
si espumas ni sábanas ni muslos
Todo se cumple en un reflejo de crepúsculo
tu pelo tu perfume tu saliva.
Y allí del otro lado te poseo
mientras tú juegas con tu amiga
los juegos de la noche.
(J. Cortázar: ‘Cinco poemas para Cris’. 1.)

 

Cortázar fue un escritor libre. La literatura, para él, no era una venta, un beneficio: “En suma, desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas”. Había nacido para no intervenir en los asuntos de mercado o de servicio, en las conductas atávicas, lo que le hizo que sobreviviera la existencia desde la otra orilla:

Creo que no te quiero,
que solamente quiero la imposibilidad
tan obvia de quererte
como la mano izquierda
enamorada de ese guante
que vive en la derecha.
(J. Cortázar: ‘Otros cinco poemas para Cris’. 4.)

 

Deteriorada su relación con Ugné Karvelis, cuatro años después -en el 77-, conoce a la escritora canadiense Carol Dunlop, con la que se casa en 1981. Con su segunda esposa viaja a Nicaragua. Es el tiempo de la Revolución Sandinista. Con ella, también, ha vuelto a reubicar su ideal de la bienandanza y el bienestar del romanticismo en la pareja, del amor de niños: