Sobre la tercera muerte de Orfeo

La primera tiene relación con su descenso a los infiernos, cuando fue a rescatar a su prometida Eurídice, muerta a causa de una mordedura de serpiente. La segunda, con su despedazamiento ritual por las ménades de Tracia. Su cabeza sin embargo fue arrojada al río Hebro y siguió cantando, hasta llegar a la isla de Lesbos, donde fue recogida y venerada, y se hizo famosa pronunciando oráculos, hasta que el dios Apolo puso su pie sobre la misma y la condenó definitivamente al silencio declarando: “¡Abstente ya de lo mío!” (‘πέπαυσο’ ἔφη ‘τῶν ἐμῶν’).

No hay muchos testimonios escritos sobre esta tercera muerte. Ovidio nos dice lo que pasó con la cabeza y con la cítara de Orfeo, arrojadas al río Hebro por las ménades.

Los miembros de Orfeo yacen en lugares diferentes: la cabeza, Hebro, y la lira, van a ti, y, cosa prodigiosa, al deslizarse en medio de la corriente, la lira emite no sé qué quejumbrosos lamentos, quejumbrosa murmura la lengua sin vida, quejumbrosas responden las riberas. Y una vez llegadas al mar abandonan el río nativo y alcanzan la playa de Lesbos en Metimna.

En ella una feroz serpiente se lanza hacia aquella cabeza abandonada en extranjeras arenas y hacia aquellos cabellos salpicados de goteante rocío. Finalmente se presenta Febo y, en el momento en que la serpiente se disponía a morder, la rechaza, y congela, convirtiéndolas en piedra, las abiertas fauces, y endurece, dejándolas separadas como estaban, las amenazadoras mandíbulas[1].

De su relato no se desprende ni que la cabeza de Orfeo siguiera viva y parlanchina en la isla de Lesbos ni tampoco que fuera objeto de ningún culto especial. Tanto Ovidio en las Metamorfosis, como Virgilio, en sus Geórgicas, coinciden en que la cabeza, después de arrojada al río Hebro, seguía sin embargo profiriendo lamentos. Acaso el relato de Virgilio es más romántico y más conmovedor, porque las últimas palabras emitidas por la cabeza flotante son para recordar a su amada Eurídice:

Tum quoque marmorea caput a cervice revulsum
gurgite cum medio portans Oeagrius Hebrus
volveret, Eurydicen vox ipsa et frigida lingua
ah miseram Eurydicen! anima fugiente vocabat:
Eurydicen toto referebant flumine ripae.

y aun cuando ya el Hebro eagrio arrastraba entre sus ondas su cabeza, arrancada del alabastrino cuello, todavía su voz, todavía su helada lengua iba clamando con desfallecido aliento: ¡Oh Eurídice, oh mísera Eurídice!, y ¡Eurídice, Eurídice! repetían en toda su extensión las márgenes del río[2].

Pero tampoco Virgilio cuenta nada más, al respecto. Su relato de la muerte de Orfeo termina con esta lastimera despedida de su amada Eurídice. Nada se dice de lo que luego pasó con su cabeza. Existen sin embargo algunas otras fuentes en las que se nos cuenta que la cabeza de Orfeo fue objeto de un culto posterior, en la isla de Lesbos. De todas ellas, la más interesante es la relatada por Filóstrato, en su Vida de Apolonio de Tiana, escrita a principios del s. III de nuestra era, en un entorno cultural griego ya muy romanizado. Allí Filóstrato nos cuenta de Apolonio que:

Pasó también por el santuario de Orfeo, una vez que fondeó en Lesbos. Dicen que allí Orfeo se gozaba en tiempos con la profecía, hasta que Apolo se hizo cargo de ello. Pues cuando los hombres no visitaban ya Grineo a consultar los oráculos, ni Claro, ni donde se halla el trípode apolíneo, sino que solo Orfeo vaticinaba, acabada de llegar su cabeza de Tracia, el dios se presentó ante el vaticinador y le dijo:

—Deja de hacer lo que me corresponde (‘πέπαυσο’ ἔφη ‘τῶν ἐμῶν’), pues ya te he soportado bastante en tus profecías[3].

Pero más que fuentes literarias, tenemos numerosos testimonios gráficos y plásticos que acreditan la existencia de un culto póstumo a la cabeza de Orfeo y seguramente también de la existencia de un santuario órfico, al que los fieles acudían a consultar como a un oráculo. En el Otago Museum de Nueva Zelanda se conserva una hidria de figuras rojas, seguramente del s. V a. C., en la que, junto a la cabeza de Orfeo, aparece pintado el dios Apolo con su lira, rodeado de dos figuras femeninas. Puede que se trate de dos pitonisas (sacerdotisas de Apolo) o puede que una de ellas sea también la propia Eurídice. Lo más interesante de esta representación es que, en ella, el dios Apolo aparece golpeando con una larga y dura vara de laurel la cabeza caída de Orfeo. Lo que acreditaría una tradición muy antigua para esta anécdota, transmitida por Filóstrato.

Es espantosa esta tercera y definitiva muerte del pobre Orfeo. Aquí ya no hay infierno ni esperanza ni reencarnación alguna. Ninguna de las doctrinas de la supervivencia después de la muerte, ya sean órficas o pitagóricas, parecen ya salvarlo. Derribado por Apolo, este tercer Orfeo yace finalmente sepultado en el olvido.

Es curiosa sin embargo la esperanza de inmortalidad que el propio Ovidio ambicionaba alcanzar para sí mismo, tal como lo expresa al final de su magna obra. Pues ésta ya nada tiene que ver con reencarnaciones ni con otro tipo de supersticiones, sean órficas o pitagóricas, sino con la pervivencia y la inmortalidad de su nombre y de su obra, a través de la fama y de la gloria literaria. Por eso afirma orgulloso, al final de su libro: “He dado fin a una obra que no podrán aniquilar ni la cólera de Júpiter ni el fuego ni el hierro ni el tiempo devorador” (Met XV 871). Es cierto que aquí resuena claramente el Exegi monumentum aere perennius de las Odas de Horacio, publicadas treinta años antes que las Metamorfosis de Ovidio, y que efectivamente le dieron al poeta una fama perenne. Pero, a esta idea de la inmortalidad de la fama, Ovidio le asocia claramente la idea de la caducidad y la mortalidad del cuerpo.

Que ese día que no tiene derecho a otra cosa más que a mi cuerpo acabe cuando quiera con el transcurso de mi vida incierta; pero en la mejor parte de mí yo (parte tamen meliore mei) viajaré inmortal por encima de los astros de las alturas, y mi nombre será indestructible, y por donde se extiende el poder de Roma sobre la tierra subyugada, la gente me leerá de viva voz, y gracias a la fama, si algo de verídico tienen los presentimientos de los poetas, viviré por todos los siglos[4].

Tal vez ésta sea la única verdadera esperanza de inmortalidad de los poetas. Tal vez sea ésta la única posible forma de inmortalidad a la que todavía nos cabe aspirar.

——————

[1] Ovidio, Metamorfosis, XI 50-60, traducción de Antonio Ruiz de Elvira, Alma Mater, Madrid,1994.

[2] Virgilio, Geórgicas, IV 523-527, trad. de Eugenio de Ochoa, Madrid, 1879.

[3] Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana, IV 14, trad. de Alberto Bernabé, Gredos, Madrid, 1992.

[4] Met. XV 872-889.

About the author

Miguel Cereceda es profesor de Estética y teoría de las artes en la Universidad Autónoma de Madrid, crítico de arte y comisario independiente de exposiciones. Ha publicado El lenguaje y el deseo, El origen de la mujer sujeto y Problemas del arte contemporáne@. Ha sido profesor invitado en las universidades de Potsdam (República Federal Alemana) y UDLAP (México).