La educación de Herman Melville | Revista Artes y Cosas

 

Para mí, el vidente más grande y el poeta máximo del mar…”

(D. H. Lawrence)

“No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están”

(Herman Melville)

“La sonrisa de tus hijos iluminarán tu camino”

(Ingrid Bergman en ‘El Miedo’, de Roberto Rossellini)

 

Que el escritor inglés D. H. Lawrence –El amante de Lady Chatterley (1928), La Virgen y el Gitano (1930), Hijos y amantes (1913)- se exprese así no se debe únicamente a que fuese uno de los más impetuosos sabedores y expertos en Herman Melville -Nueva York, 1819-1891-, sino a que la vida, duradera, del escritor estadounidense hizo que hoy podamos asistir a la historia electrizante de este novelista, esencial en la literatura universal.

Cuando Melville conoce en Massachussets al también novelista Nathaniel Hawthorne, quince años mayor que él, y le entrega la novela por la que más se le conoce –Moby Dick (1851)-, empieza a ser consciente de que ese encuentro es el principio de un sólido e intenso intercambio literario y natural entre ambos, el inicio para Melville de una verdadera empresa aventurera, probablemente el acontecimiento más importante en toda su biografía, sin duda alguna el que iba a caracterizar primordial y vitalmente el curso siguiente, hasta el fin de sus días, de su vida literaria y del destino y enfoque de su conocimiento.

 

Herman Melville, -Nueva York, 1819-1891-

Herman Melville, -Nueva York, 1819-1891-

 

Ese inseparable apego que tomó consistencia entre los dos hizo que prosperase en ellos tanto mental como literariamente. Ambos consideraban ya demasiadas limitaciones hacia supuestos concretos del Trascendentalismo estadounidense (Emerson, Whitman y Thoreau), pese a que efectivamente estos dos literatos, los más extraordinarios del s. XIX en América, eran fruto de la coyuntura que les rodeaba, de su entorno, por lo que fueron apartándose de una manera creciente del rumbo convencional balizado por los demás, atreviéndose a una nueva aventura, a la del encuentro de su correspondiente cuaderno de bitácora. Los dos amigos novelistas lo consiguieron, y emigran desde la visión concreta de que poco o nada puede hacerse ante la depauperación cultural circundante. El mayor, Hawthorne, se ausenta con destino a la historia de la región en donde nació, New England; nuestro protagonista, desaparece a la mar.

Ese recorrido, ciñéndonos al neoyorquino, no va a ser un viaje hacia ningún sitio, como suelen ser los viajes de solo ida. Va a tener una dirección distinta, biyectiva. Esa singladura no cabe que sea con la intención de apartarse y rechazar, huyendo, el ambiente que deja, sino, al contrario, para aprender y bucear en él. Melville, como marino que es, sabe bien que se va a aventurar, nuevamente. Y no hay otra carta de navegación que le diga lo contrario; ahora -aun en pequeña cantidad- tiene que concentrar, trascendiéndolo, casualidades y también contratiempos aparentes, vacíos y exiguos o triviales, para sondear y capturar lo fundamental y propio de la naturaleza del hombre. Es su nueva aventura.

 

"Inclinándose sobre la borda, Ahab vio de pronto en las límpidas aguas una mancha blanca que subía con maravillosa celeridad, aumentando cada vez más de tamaño, hasta que se volvió y dejó ver claramente las largas hileras torcidas de dientes blancos. Era la boca abierta de Moby Dick, cuyo enorme cuerpo se confundía con el azul del mar"

“Inclinándose sobre la borda, Ahab vio de pronto en las límpidas aguas una mancha blanca que subía con maravillosa celeridad, aumentando cada vez más de tamaño, hasta que se volvió y dejó ver claramente las largas hileras torcidas de dientes blancos. Era la boca abierta de Moby Dick, cuyo enorme cuerpo se confundía con el azul del mar”

 

Quizás sea ese el sentido definitivo de sus metáforas y también de sus cimentaciones representativas. La mar de Herman Melville, que no es sino el océano y la vastedad oscilante, inquieta y confusa, muchas veces fuera de cualquier cosa que pueda ser o estar determinada, nos descifra de una manera asombrosa y cabal, asimismo fielmente, las idénticas singularidades emocionales de este inconfundible novelista.

En este año, 2015, se cumplirían ciento ochenta y cinco años del final de los estudios de nuestro precursor y poeta neoyorquino, si fuese este hecho digno de una efeméride. Para quien esto escribe sí lo es. Es otra aventura más, que va a recordarnos la importancia de los nuevos escenarios que muy pronto se le van a presentar. Podemos festejarlo, aunque esto suene a contradicción execrable.

 

Secundar a Melville, pero sin la intención de explicar más otros rumbos, en una enredada odisea, pasando de un lado a otro de los vírgenes océanos del alma, a la búsqueda de nuestra ballena blanca

Secundar a Melville, pero sin la intención de explicar más otros rumbos, en una enredada odisea, pasando de un lado a otro de los vírgenes océanos del alma, a la búsqueda de nuestra ballena blanca

 

Dos años más tarde, cuando Hermann tiene doce años, su padre muere y deja ocho hijos, siendo nuestro novelista el tercero de ellos. La educación sistemática acabó para él. Va a comenzar la universidad de la vida. Más tarde, Ismael, el que narra la historia autobiográfica del neoyorquino en Moby Dick (1851), dirá que “Un barco ballenero fue mi Yale y mi Harvard”.

 

La educación de la mar

Así que se lanza a la mar, a los diecinueve años. Su sentimiento siempre avizor y el aliciente y la seducción por la aventura le llevan a Liverpool, regresando a Nueva York a los cuatro meses. Pero la situación en casa sigue de mal en peor, lo que hace que sea contratado como maestro en una escuela. Esta primera prueba marina la va a transmitir en Redburn (1849), su cuarto libro, el más apasionante anterior a Moby Dick.

 

‘Redburn’ es un muchacho que busca algo de dinero y conocer mundo, enrolándose hacia Liverpool. Como las primeras peripecias de Melville como marinero. Se narran las condiciones duras de la mar y la miseria de esa ciudad y la de los emigrados que iban a Norteamérica

‘Redburn’ es un muchacho que busca algo de dinero y conocer mundo, enrolándose hacia Liverpool. Como las primeras peripecias de Melville como marinero. Se narran las condiciones duras de la mar y la miseria de esa ciudad y la de los emigrados que iban a Norteamérica

 

Dos años más tarde, se aventuró por los llamados Mares del Sur, el Pacífico, durante cuatro años y mil peripecias. También, tuvo traslados apenas indómitos, por ejemplo, en el Mediterráneo, cuando tenía treinta y siete años: el objetivo era entrar en Tierra Santa y otras localidades de Oriente Próximo.

Fueron muchos y diversos viajes para este escritor, que tenía querencia por la mar y también metido a conferenciante. En una de sus conferencias justifica e interpreta las circunstancias necesarias que han de concentrarse en alguien que se precie de aventurero:

Para ser un buen viajero y obtener del viaje verdadero placer, son necesarias varias condiciones. La primera consiste en ser joven y despreocupado, dotado de talento e imaginación: si se carece de estas virtudes, es mejor quedarse en casa (Melville, H.: Viajar. Gadir Editorial. Madrid, 2011).

Vuelve a tierra aún joven. No había acabado su década de los treinta, cuando H. Melville se quedó ya para siempre en dique seco. Se había forjado en la mar y en los duros trabajos que se desempeñaban en los balleneros. Dejó temprano los años escolares. También abandonó el trabajo solo para vivir que él aprovechó para convertirlo en aprendizaje, y del que disfrutó plenamente. Y fue correspondido, de una manera sólida, con este placer por la ciencia y la escuela llanas y claras de la savia y la vida, más que por una educación inspirada solo en los libros, lecciones y fichas. Una enseñanza memorística en donde -no es difícil demostrarlo- nunca ahondan voluntaria ni involuntariamente las hermosas iniciativas con nervio y pasión, y los elevados propósitos. Aquellos fragmentos de la vida que, a fin de cuentas, son los que transforman la humanidad y la sociedad, y que, por lo tanto, no se ciñen a la inocente reproducción y preservación de lo que hemos heredado y nosotros hemos admitido y aceptado.

 

La aventura de la familia

A los veintiocho años, se casa. Elizabeth Saw es su mujer. Su suegro, un juez destacado de Massachussets. Contradictoriamente, Melville se avecinda y fija la residencia. Deja atrás también los vaivenes de la mar y va a comenzar otra nueva aventura. A él, como a ninguno, nadie le enseñó a ser padre. Se había quedado huérfano a los trece años, y su fanática e intransigente madre no podía ser necesariamente un referente educador.

Siempre me he preguntado de qué huye alguien tras una aventura, aunque la realidad es que a Herman esta nueva y buena posición le trae, con el tiempo, unas consecuencias nefastas. En tierra firme, se ve inestable; en la mar, cualquier balanceo le hace más seguro, y domina el más huracanado altibajo. La mar, ya lo sabemos, es su obsesión, su idea fija, quizás el recurso de una idea -la huida- que limita una postura muy definida.

Pero no puede haber nada comparable al hecho de dar sepultura a un hijo. Herman lo tuvo que hacer con dos de ellos. El mayor, Malcolm, se suicida a los dieciocho años por posible desamparo, extrañamiento normalizado y un sentimiento de terror y humillación. La genética social y familiar, el ambiente y la educación existen y se reproducen a veces de forma grosera. El segundo llevó el mismo infortunio, pero por otras causas; Stanwix, dos años menor que Malcolm, estaba en la casa cuando este se quitó la vida de un tiro. Aproximadamente, por aquel tiempo acabó sordo. A sus treinta y cinco años, murió tísico en California, después de zozobrar embarcado de una parte a otra, sin quedarse en ninguna, cual golondrino que cambia de hogar.

 

El final. Su astillero vital

El panorama familiar no era susceptible de ser tan armónico que hiciese sonreír a sus hijos. Por consiguiente, ni ellos ni nadie podían iluminar su camino. La escritura le iba a rememorar sus experiencias. En cierta forma, las iba a volver a vivir. Pero, en un principio, lo que decía, la vida tan increíble que pasó en la mar era, para el público, impensable, inverosímil. Las catorce novelas, junto con las tres colecciones de poemas -unos cien- y un poema épico, más de diez relatos cortos y cuentos, son el resultado de su recorrido literario, comenzado a los veintisiete años y que acaba dos antes de su desaparición de este mundo a los setenta y dos años de edad. La tardanza en sus publicaciones le agrió aún más su carácter, y su temperamento comenzó a embarrancar. Se atascó de tal manera que, como si fuese una puntilla, nunca pudo imaginar lo que suponía la falta de dinero para poder sacar adelante a su familia; la cabeza le estallaba, haciéndole partícipe de un trabajo relacionado otra vez con la mar, pero con una dedicación totalmente diferente a la experimentada por él desde su juventud: el trabajo en una aduana. Algo había que hacer cuando Moby Dick fue todo un revés comercial, algo paradójico si lo relacionamos con el denuedo enorme que supuso su invención. Ambos factores le trajeron anímicamente malas consecuencias.

La renuncia a trabajar en aquella oficina costera llegó después de diecinueve años, una verdadera marca si apreciamos que el paisaje y el paisanaje distaban mucho de los del océano, y, por otra parte, cobraba al día como inspector cuatro dólares, unos haberes muy apretados cuando trabajaba seis días por semana. Herman Melville había podido ganarlo todo y nada le sobró para quedarse desprovisto y sin nada; le había desaparecido la magia y ya no pudo seguir huyendo. La apatía y el desinterés que siempre sintió en tierra le hicieron, en cambio, valedor y responsable, pero ya no sabía vivir en tierra. Tanto le costó alcanzar lo que quiso, publicar sus experiencias en la mar, que murió sin llegar a ser descubierto como era y había sido, como un genio más. La consideración le llegó, casi tres décadas después, identificándosele como un autor sobresaliente en la novela y en la poesía, y que fue, junto con Emerson, Hawthorne y Thoreau, un indicador imprescindible del “Renacimiento americano”, según el escritor y naturalista estadounidense Meter Matthiessen.

Y cuando muere, lo hace desconociendo a otros escritores contemporáneos suyos que tuvieron parecida o mejor suerte que él, o que sus rutilantes vidas no tuvieron nada que ver con la suya, Charles Darwin, Van Gohg, Wagner, Fiódor Dostoyevski, Karl Marx, Walt Whitman, Rimbaud o Nietzsche, porque Herman Melville siempre estuvo solo, como lo estaba cualquier marinero en aquellos balleneros que nos cuenta; y él lo sabe porque embarcó en ellos y vivió esas experiencias de estar sin pisar tierra hasta año y medio y dos años seguidos. Son narraciones las suyas kafkianas o de Albert Camus, en las que fácilmente reconocemos algo que nos sugiere lo simple e inocuo, y que, sin embargo, después del buceo en el universo -o en el océano- de su creación, con seguridad nos va a alcanzar la aprensión y el pánico. Y a pesar de que la gran mayoría de los seres humanos, al menos en algún instante de nuestra existencia, hayamos apreciado parecida avidez y ansia de mar y océano que Melville.

Nos dice el escritor al comienzo de su obra maestra que él ha “nadado por bibliotecas y navegado por océanos”, pero lo que sí está claro es el resultado de Moby Dick: la locura de una aventura; un boceto para una filosofía inédita; algo confuso e intrincado, pero cuya composición y factura no deja de tener su cadencia y alcance; una selecta colección; una prosa poética; y de tal manera está escrita con rigor, minuciosidad y amplitud que llega a ser, incluso, un dossier sobre la manufactura y transformación de lo que, en aquel momento, era muy importante: la industria de la ballena.

El legado de Herman Melville es el tributo a los hombres de la mar y su independencia. Y también a esa nueva filosofía que citábamos arriba. Es un lugar común que solemos envidiar aquello que nos vemos incapaces de alcanzar y, así, a los que hacen rarezas, pudiendo haber sido otra cosa más normal, más acorde a la norma, les podemos llamar de dos formas. Si son personas sin posibles, les calificamos de ‘locos’, y si los tienen, como es el caso de Melville, que pudo haber sido abogado como sus dos hermanos, serán entonces extravagantes.

El escritor parece que nos dice “¿de qué os asombráis?, ¿qué os horroriza, si mi maestro fue una utopía, un sueño?” Y de habernos alistado en aquella cáscara ballenera, el ‘Pequod’, con su obsesivo capitán Ahab, y haber sobrevivido, también nos resultaría muy práctico y leal a nosotros mismos observar y analizar la postura o las actitudes que asiríamos.

Algo insólito en esta novela alegórica es que sus personajes son todos de diferentes procedencias -España, Holanda, Inglaterra, Islandia, Malta, Tahití, Chile, China, Francia, Dinamarca, India, Irlanda, Italia y Portugal- y continentes; todos, con parecidos sueños; todos, reflejo de la humanidad y la interculturalidad; todos, seducidos por la aventura; y todos, protagonistas en el reducido espacio de un ballenero cuya eslora venía a ser de veintisiete metros. El único obsesionado no en la caza del cetáceo dentado, sino en su muerte por haberle dejado sin pierna, es el capitán. Es quien involucra a toda la tripulación en su paranoia particular. Debió de ser -la historia está basada en un hecho real- un enorme choque entre aquel cachalote que, aun pesando cuatro veces menos que el barco, su longitud era la misma.

Moby Dick termina con toda la tripulación desaparecida. Nos lo cuenta Ismael en esta novela autobiográfica de la que es justo decir que debe leer cualquier joven. Una hermosa novela que, también, es un ejemplar directo de que nunca mueren los viejos clásicos. El destino ha hecho que el narrador sea el único superviviente, con el fin de poder contar la epopeya. Es succionado por un enorme remolino y, a su vez, es escupido a la superficie, ayudado por la fuerza propulsora de un ataúd disparado hacia arriba. Había sido su salvavidas:

 

(…) Entonces giré y giré como otro Ixión[1], siempre contrayéndome hacia la negra burbuja, como un botón, en el eje de ese círculo lentamente rotatorio. Hasta que, al alcanzar ese centro vital, la burbuja negra reventó hacia arriba, y el ataúd salvavidas, liberado ahora por razón de su ingenioso resorte y, subiendo con gran fuerza debido a su gran flotabilidad, salió disparado y quedó flotando a mi lado. Sostenido por ese ataúd, durante casi todo un día y una noche, floté por un océano blando y funéreo. Los inocuos tiburones pasaban a mi lado como si llevaran candados en la boca; los salvajes halcones marinos navegaban con picos envainados. Al segundo día, un barco se acercó, y por fin me recogió. Era el Raquel, de rumbo errante que, retrocediendo en busca de sus hijos perdidos, encontró sólo otro huérfano (Melville, H. (2010). Moby Dick o La ballena, Epílogo, pág. 781. Almería: Ediciones Perdidas).

 

En 1820, en invierno, ‘Essex’, un ballenero, fue acometido por una desmesurada ballena. Este supeszo lo aprovechó Melville para inspirarse en ‘Moby Dick’

En 1820, en invierno, ‘Essex’, un ballenero, fue acometido por una desmesurada ballena. Este suceso lo aprovechó Melville para inspirarse en ‘Moby Dick’

 

 

[1]Padre de los centauros, sedujo a Hera, por lo que Zeus le mató enviándole un rayo. Fue condenado al Tártaro, y allí Hermes le amarró con serpientes a un círculo ardiente que giraba sin cesar.

 

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo con la defensa de la tesis “La educación en la obra del Dr. D. Enrique Diego-Madrazo y Azcona”, su verdadera vocación es la de maestro, profesión en la que ha ejercido como director del C.P. Pedro Velarde -Muriedas (Cantabria)- en los tres últimos años de su actividad docente.

Publicaciones.-
“Enrique Diego-Madrazo, un precursor pedagógico relevante” (2009). Centro de Recursos, Interpretación y Estudios en materia educativa. Polanco (Cantabria).
Coordina y escribe con otros autores “Colegio Ped… seguir leyendo

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